La Muerte Es Solo La Ultima Gran Aventura
Hace unos cuantos días, muy pocos en realidad, tan poco hace que ya ni recuerdo bien. Reflexionaba como suelo hacer cuando no me ignoro a mi mismo, me deleitaba pensando en ese tema que a la mayoría aterra, y que a pocos maravilla como a mi suele hacer, reprochaba contra el viento una y otra vez el no poder acariciar mi vida siquiera por un instante y… cuando menos esperaba paso algo increíble, me sentí tan honrado por estar en presencia de mi interlocutora como muchos se hubieran horrorizado de solo verla y con una amplia sonrisa en la faz me dijo:
- No… te aprecio mucho para hacer eso por ahora.
- ¿A que te refieres? –le pregunte pero ella contesto así–
- Me recuerdas a alguien que conocí, mi primer amigo tal vez, hace tanto tiempo y aun lo recuerdo bien (rio sutilmente mientras seguía diciendo) siempre me reprochaba, igual que tú y cada que estaba solo, me suplicaba que le dejase tocar su alma tan solo un instante, justo como haces tú ahora, jamás le considere digno de confianza, pero un día lo creí capaz de cargar con su esencia por si mismo, fue entonces cuando le dije:
- Adán, he decidido entregarte tu alma, ven, anda y cógela- pero cuando se la entregué él se descuido y la perdió, ese fue el final del primero, y así ha sido desde entonces, cada que confío en un hombre para depositar su vida en sus manos y aligerar de ese modo mi carga, el se descuida y la termina perdiendo.
- Vaya –conteste yo– tú si que debes de estar decepcionada de la raza humana.
- No, en realidad no, para ser sincera contigo, aún -pese al tiempo que ha pasado- sigo teniendo mis esperanzas puestas en ustedes.
- ¿Inclusive en mi? –pregunté–
- Mmm… tú me agradas mucho, mas no creo que seas capaz aun de cargar con tu propia vida, mas si tú así lo deseas puedo prestártela por un segundo.
- No –conteste mientras sonreía– mejor cuídala un poco más por mí.
El protagonista de esta historia no es un héroe, ni mucho menos un bienhechor, el actor principal de esta historia tiene tantos defectos, que muchos le considerarían un despojo de la sociedad. Su nombre; Manuel, su apellidos, sea por falta de interés, sea por el destino, los desconozco. Manuel era un hombre que rondaba los treinta, delgado, moreno, de estatura media, usaba mostacho del mismo color de sus pequeños ojos negros, de los cuales no se sabia si sospechaban algo o escondían alguna mala obra, pues de entre sus muchos y variados vicios, los que mas destacaban en él eran; el alcohol, la marihuana y la cocaína y en su juventud (por lo menos eso decía el) solía ser un cleptómano. Para ganarse la vida (moralmente) ejercía el oficio de pintor, pintor de brocha gorda. Nuestros caminos se cruzaron cuando, mediante ciertas recomendaciones, llegó a oídos de mi madre su habilidad para pintar. Ella le contrató, corroborando así que verdaderamente desempeñaba bien el oficio. Fue entonces que mi madre le tomo cierto afecto y le siguió contratando cada que podía. De cualquier manera, clamo a mi memoria para narrar fielmente los hechos que en ella habitan y dar así a conocer esta historia de drama y realidad.
Todo comenzó una noche en la cual Manuel apareció frente a mi casa después de un largo tiempo de ausencia, se veía confundido y muy conmocionado mi madre al verlo en aquel estado le dijo:
– ¡Ay Manuel! ¿Ya anda borracho otra vez? –
– … –
Manuel no pronuncio palabra alguna, solo dirigió la mirada al suelo y comenzó a llorar, inmediatamente mi madre cambió su actitud, se acercó a él y lo ayudó a caminar hasta llevarlo dentro de la casa.
Unas horas después, alrededor de la media noche, mi madre lavaba la losa con un dejo de amargura en el rostro y después de un largo suspiro me dijo:
– Hijo estoy bien triste –
– ¿Por qué? ¿Qué paso? – pregunté yo.
– No vas a creer lo que hizo la mujer de Manuel ¿si sabes como se las gasta, no? – entonces yo conteste con una respuesta negativa y después ella dijo:
– Cada vez que su esposa se harta de Manuel marca el numero de emergencias y lo acusa de algún crimen pequeño, llega la policía y lo deja en el preventivo unos dos o tres días y mientras él sale la mujer mete al querido a su casa, pero esta vez de veras que se pasó...
El silencio fue tan largo que tuve que preguntar:
– ¿Qué hizo esta vez?
– No vas a creer – dijo ella – esta vez llamó a la policía y lo acusó de robarse una tele que yo le había regalado – desconcertado por la situación comenté:
– Pero eso no es tan grabe ¿o si? – entonces ella contestó:
– No hijo, pero eso es lo de menos, llegando la policía la mujer empezó a gritar como loca diciendo que Manuel había violado a su hija de doce años, fue entonces cuando la policía lo arresto, lo aventaron a la patrulla y se lo llevaron hasta el preventivo del municipio, ya estando ahí comenzaron a torturarlo preguntándole por la televisión, pero Manuel no entendía nada, después de un lago tormento, aun entre golpes e insultos comenzaron a decirle “violador” una y otra vez hasta que sin motivo alguno, abusaron sexualmente de él.
Fue entonces cuando comprendí la actitud de mi madre y un tanto molesto le pregunté:
– ¿Y por que no los denuncia? – y con un suspiro casi tan largo como el primero me respondió:
– Dijo que todo estaba oscuro y que los policías estaban enmascarados además, que ganaría con denunciarlos…– después de esto no se comento nada.
Al día siguiente, ya avanzada la mañana, Manuel se presentó en la casa con el pretexto de un trabajo que le había ofrecido mi madre, cuando él llegó yo estaba desayunando, entró al comedor y me saludo con los buenos días, conteste de igual manera y seguí con mi comida, mi madre le ofreció el desayuno y el aceptó. Cuando estaba por terminar mi desayuno Manuel comenzó a hablar, a platicarme todo lo que le había sucedido en los últimos días, hablaba y hablaba como si el hacerlo le borrara de la mente todo recuerdo, como si el hecho de confesar pudiera aliviar y borrar de su alma todo mal acontecimiento por el cual pasó, cuando termino de contar sus experiencias, no podía creer la cantidad de inmundicia que puede llegar a existir en este mundo, y cuando creí que su relato había terminado, quebrantó el silencio diciendo:
– Ayer quise matar a mi esposa – (¿QUE? Pensé decir, pero no pude hacerlo, no se si fue el miedo o la impresión, pero no me atreví a interrumpirle.) – saque la fusca que tenía en el pantalón, «Je» – (rió mientras continuaba diciendo) – pinche vieja, peló los ojotes en cuanto la vio. Agarré y me senté en la mesa y la vieja no se pudo aguantar y me preguntó –
– ¿Que vas a hacer? –
– Ven siéntate aquí conmigo – le conteste y cuando empezó a caminar le temblaban la patas tanto que apenas podía caminar la pendeja y cuando se sentó, le empecé a quitar las balas a la pistola, de una por una y las fui formando una atrás de la otra y cuando estaban todas afuera le pregunté –
– ¿Cual te gusta más? – y ella estaba tan asustada que no sabía que contestar.
– ¿P…por que? ¿Manuel, que vas a hacer? –
– Tú nomás dime, ¿Cuál bala te gusta más? – (Manuel contaba la historia con tanta tranquilidad, que daba miedo escuchar su narrativa.)
– Esta…esta es la mas brillosita – me dijo la cabrona, y entonces le contesté –
– ¿Ah si? ¡pues con esa te vas a morir! – agarre la bala y se la puse a la fusca, la pinche vieja no se había parado cuando ya le estaba yo apuntado y cuando jale el gatillo, la bala, ¡LA BALA NO TRONÓ! entonces apunté la pistola para la pared y en cuanto testerié el gatillo ¡PUM! El balazo se retacho contra la barda – (Manuel se quedó callado con las manos sobre el rostro, y cuando creí que no podía estar mas sorprendido, me di cuenta de que Manuel estaba llorando, levantó el rostro y con lagrimas en los ojos y la voz quebrada comenzó a decirme) – entonces ella dijo –
– Ya vez, diosito me cuida – y yo le conteste
– ¿Diosito? El diablo, es el diablo lo que tu trais dentro – (entonces comenzó a llorar con más fuerza mientras decía) el diablo mano, ¡AYER VI AL DIABLO!
Después de esta platica no tuve oportunidad de hablar con Manuel nuevamente, él terminó el trabajo que mi madre le había encargado y luego de eso no supe nada más acerca de Manuel, unos cuantos meses después me ganó la curiosidad y le pregunté a mi madre qué había sido de él, cuando me contesto no podía creerlo, me dijo que unas semanas después de trabajar en la casa lo encontraron colgando del cuello en un árbol en el cerro, mi mente no daba cabida al hecho, Manuel se había suicidado.